EL MARQUÉS TRASNOCHADO


Relato de Abdo Tounsi – 24 de octubre 2019

¡Salid de mis propiedades, malditos!… ¡Salid de mis propiedades, intrusos!. Se oyen voces en el parque madrileño del Retiro, un joven las oye sentado en un banco del parque, sin entender lo que pasa realmente, debido a que lleva pocos meses en España y no domina todavía el español que empezaba a estudiar. Las voces cada vez se oyen más cerca. El joven se interesa por saber qué sucede, cuando un grupo de chicos pasan por su lado riéndose y diciendo ¡Viejo chiflado!

Entonces a unos metros ve a un anciano en silla de ruedas, empujado a toda prisa por un señor mayor. Pasando por su lado, el anciano mira al joven y le dice y ¿tú cómo te llamas?, ordenando al señor que empuja la silla que pare. El joven le responde con un español de academia, “Yo me llamo Rami, señor”… ¿Rami?. Sí señor le responde el joven. ¿Inta arabi? (¿Eres árabe?) Le pregunta el anciano en árabe; el joven se queda sin palabras y entre su asombro y el miedo, le responde Naam (Sí). El anciano ordena al señor que le acompaña que le acerque al banco donde está Rami y le invita a sentarse.

El anciano entabla una conversación en árabe con el joven Rami y le comenta que él vivió varios años tanto en el Magreb árabe como en el Mashreq árabe. Rami sin salir de su asombro, le pregunta su nombre. Soy el Marqués Federico de Miguel le responde el anciano. ¡Señor tenemos que ir ya, es la una y hay que comer! le dice el acompañante al Marqués. El anciano se despide del joven Rami y le desea suerte.

Desde el mirador de su casa en la Calle Alfonso XII el anciano mira al Retiro creyendo que es el jardín que formaba parte de su finca en el barrio madrileño de La Moraleja; finca que ya no posee, como todas sus propiedades a excepción de esta casa de 250 M2, gracias a su única hija que la salvó de la quema del juego, en una época en que el marqués dilapidó su herencia familiar. Su hija Joséphine es abogada en un buffet muy prestigioso en París. Es hija de un segundo matrimonio con la francesa Juliette, con la que estuvo casado 21 años hasta su muerte en un trágico accidente de coches en el sur de Francia.

Entre su pensión de funcionario del Estado español, tanto como militar como embajador y la ayuda constante de Joséphine, el anciano senil vivía como “un marqués”… ¡Nunca mejor dicho!, manteniendo el servicio en su casa: mayordomo, cocinera y mujer de limpieza. Así que al señor Federico no le faltaba nada, solo que le fallaba la memoria y le sobraba el mal genio.

Joséphine le quería mucho y al menos una vez al mes le visitaba, aunque muchas veces el anciano no se acordaba quien era y la llamaba de distintos nombres confundiéndola con mujeres de su época cuando vivía en Francia. Esto le dolía mucho a Joséphine, por eso en su casa en París intentaba olvidar estos episodios, para ello montaba largas sobremesas con sus hijos y su marido hablando de su padre, contando maravillosas historias de sus padres viajando por el mundo, entre ellas cuando vivían en Damasco siendo su padre embajador de España allá por los años 50 del siglo pasado.

El marqués seguía con sus manías y sus lagunas de memoria que hacían sufrir al servicio, porque eran momentos de desconcierto y de cierta tensión, ya que el anciano imponía su criterio y exigía cumplir lo que era imposible realizar, como que quería ir a pasar revista a la tropa, de cuando era capitán en el Sahara. Para apaciguarle los ánimos, Carlos, su mayordomo le vestía de militar y le ponía a ver un video de desfile militar con izada de bandera en el Sahara.   

Como de costumbre el joven Rami, bajaba casi a diario de la casa donde vivía en la calle Menéndez Pelayo a estudiar en el Retiro. Se sentaba en el mismo banco, en un pasillo algo apartado que le proporcionaba cierto silencio, aunque de vez en cuando se sentaba junto a viejos e intentaba hablar con ellos para perfeccionar su español, lo hacía porque le parecía que los mayores hablaban despacio al contrario que los jóvenes. Esto le facilitaba entender las palabras.

Un día mientras Rami repasando con mucha atención los apuntes tomados en la academia de español, sentado en el mismo banco en el Retiro, oye la voz del anciano gritando su nombre, ¡Rami… Rami!, entonces levanta la cabeza y ve a unos metros al marqués en la silla de ruedas, pero esta vez empujado por una elegante mujer. Se levanta y le saluda en español ¿Cómo está usted señor Federico?, muy bien, le responde el anciano. ¡Qué bien que te acuerdes de mi nombre! le dice. Y usted también se acuerda del mío le dice el joven Rami.

El marqués le presenta a su hija Joséphine y le comenta que ella también habla árabe, “además su árabe es mejor que el mío porque ella lo estudió”. Al momento Joséphine se siente atraída por hablar el árabe y sin pensarlo dos veces, se sienta al lado de Rami y empiezan los tres una larga conversación. El anciano comenta que su comida preferida es el Cuscús, entonces Rami le dice que a él también, porque en Damasco donde nació, tenía a un amigo de origen argelino que vivía en el barrio de los Magrebíes, que le invitaba muchas veces a comer Cuscús. Joséphine cuenta historias de su adolescencia en Damasco, una de ellas es cuando conoció en el instituto a su amiga del alma Sabah, que hoy también vive en París, a la que considera su mejor amiga.

Sin darse cuenta del tiempo, los tres no dejan de hablar narrando historias y recuerdos. Rami se siente como en casa y les cuenta que en Damasco tiene una familia que les encantaría invitarles a su casa si fueran de visita y así presentarles a sus padres y hermanos. Joséphine le dice que tiene pendiente un viaje por trabajo para resolver un contencioso legal de los gobiernos de Francia y de Siria sobre bienes de la época colonial francesa. El marqués se queda dormido escuchando la conversación y es cuando Joséphine se despide del joven y le da su tarjeta de visita y el teléfono de la casa de su padre y le dice que debería cenar un día con ellos. Rami encantado, le promete que cuando le sea posible les llamará para quedar.

El anciano senil, no deja en paz a su pasado, sentado frente al mirador, cuenta a su cocinera, que va a ir a Damasco para verse con el ministro de Asuntos Exteriores sirio, porque tiene con él una cita oficial, creyendo que era el 20 de mayo de 1956. En esa cita que fue real el marqués le comunicó al ministro que se despedía de Siria y que fue un placer haber servido a España en este maravilloso país. El anciano exige al servicio que le vistan de gala para ir a la cita, cuando de repente se dirige a Carmen, su cocinera, llamándola por el nombre de su primera mujer; Hortensia, que falleció a pocos años de casados en un complicado parto de un hijo que nació muerto. En una de esas lagunas el marqués se echa a llorar y termina gritando ¡Mi pobre mujer!… ¡Mi pobre hijo!.

Fue en octubre de 1973, cuando el anciano viendo las noticias, llama a Carlos y le dice, sube el volumen por favor, algo está pasando en Oriente Medio. El locutor lee las últimas noticias sobre un ataque masivo de las tropas árabes, para recuperar los territorios ocupados por “Israel” en la guerra de los seis días. Escuchando cómo las tropas árabes avanzan en el Sinaí y en los Altos del Golán, el anciano intenta ponerse de pie al grito de “adelante mis valientes amigos”, entonces ayudado por Carlos se pone de pie y grita en árabe “Alhamdulillah” (Gracias a Dios).      

Pasados unos meses, el estado del anciano empeora y su hija viaja con frecuencia a Madrid desde París para estar con él. En su intento de que su padre mejore, se acuerda que su memoria mejoraba mientras hablaba árabe con el joven Rami, entonces comienza a hablarle en ese idioma, aunque no le responde en árabe y tampoco ve que mejora. Joséphine decide ir a buscar a Rami al Retiro, pero sin éxito. Día tras día hasta que un día paseando por la calle Menéndez Pelayo, ve a Rami salir de un portal. Con mucha alegría se lanza sobre él dándole un fuerte abrazo y le comenta que lleva días buscándole. El joven no entiende esa situación y en seguida le pregunta, ¿le pasa algo al señor Federico?, Joséphine rompe a llorar y le comenta que cada día está peor y que le necesita para que hable con él, le dice: “porque he observado que cuando hablas con él, recupera la serenidad y la mirada”.

Rami se ve en una cuestión que siempre le era satisfactoria ¡ayudando a la gente!, por ello accede a acompañar a Joséphine a casa del marqués. En casa ve a Federico desmejorado con la mirada perdida. Se presenta y se sienta en un sillón frente al anciano intentando llamarle la atención, pero nada de nada, el anciano está en otro mundo y no responde a los requisitos del joven. Sin éxito, Rami se siente frustrado y se despide para volver al siguiente día a estar un rato con él. Joséphine le agradece el esfuerzo y le dice con lágrimas en los ojos: “estoy perdiendo a mi padre, amigo Rami”. Sin palabras con que responder el joven sale de casa diciendo hasta mañana.

Al día siguiente Rami se presenta con unos periódicos y unas cintas de música en árabe. Como el día anterior se sienta frente al anciano y le empieza a leer los periódicos. El marqués poco a poco levanta la mirada y mira fijamente al joven, pero sin decirle nada. Rami sigue leyendo, cuando el anciano vuelve a mirarle y le pregunta en árabe, ¿tú eres el joven Rami?. Al escuchar la voz de su padre, Joséphine corre desde la cocina con lágrimas de alegría. Rami le responde al anciano; sí señor soy yo. Pero la conversación no va más allá de los saludos y el anciano vuelve a perder la mirada.

Rami se angustia de no poder ayudar al anciano y su hija, es cuando decide probar al día siguiente la música. Entonces pone un casete y se escucha a la cantante Oum Kalthoum cantando “Agadan alqaq?” (¿Te veré mañana?) una poesía del poeta sudanés Hadi Adam. Federico recupera la mirada y empieza a tararear la canción con la mirada de alegría de Rami, Joséphine y el servicio. Así sigue un rato, hasta que mira a su hija y le pregunta ¿Te acuerdas de Oum Kalthoum?, claro que sí papá, responde ella con lágrimas en los ojos.

Estos fueron las únicas palabras que el anciano marqués pronunció aquel día. Animados, la hija y el mayordomo deciden citarse con Rami en el Retiro en el mismo banco donde se conocieron la primera vez. Y así fue, en el banco Rami les esperaba. Pero con asombro el joven ve al mayordomo y todo el servicio al completo, llevando una mesa plegable y unas bolsas, junto a Joséphine y su padre en la silla de ruedas. Al llegar al banco el servicio monta la mesa y extiende un mantel de encaje, poniendo una vajilla de porcelana de Limoges decorada con oro y cobalto y en el centro una sopera de la misma vajilla y cubiertos de plata. El joven Rami no entiende nada y se queda petrificado sin poder articular palabra.

Joséphine le dice a Rami que esta mañana su padre recuperó durante unos minutos el habla y les pidió un deseo; comer en el jardín de su casa (El Retiro), invitando a Rami para celebrar con él su cumpleaños. Sentados los tres y el servicio alrededor de ellos, la imagen era pintoresca y llamaba la atención a los pocos paseantes del Retiro a esas horas de la mañana. El anciano le habló a Rami de su próximo viaje a Damasco y que esperaba verle allí. Claro está, esa ocurrencia solo era por su ansia de volver a vivir sus maravillosos años de embajador en Damasco. Joséphine consciente de que su padre se muere, asiente con la cabeza y le dice: ¡Sí papá iremos juntos!. El marqués mira a unos transeúntes y les grita con toda su fuerza: ¡Salid de mis propiedades, malditos!… ¡Salid de mis propiedades, intrusos!. La hija, avergonzada, se disculpa con la gente y decide que es hora de levantar aquella escena tan barroca y cursi.

Tras unos días Rami le llama por teléfono a Joséphine y le comunica que se va a pasar el verano con su familia en Damasco. Se despide no sin antes darle el domicilio y el número del teléfono de su casa.

Casi a la semana de estar Rami en Damasco, recibe una llamada de Joséphine, comunicándole la triste noticia del fallecimiento de su padre. El suceso era esperado por Rami ya que el anciano en sus últimos días se consumía poco a poco. Dándole el pésame, Rami le recuerda a Joséphine que nunca olvidará a ese hombre que ha dejado una gran huella en él. A continuación Joséphine le dice que cuando vuelva a Madrid, pase por la casa de su padre que allí encontrará un paquete de su padre para él.

De vuelta a Madrid, Rami pasa por la casa del marqués y encuentra que la hija ha dejado seguir viviendo en la casa al mayordomo, hasta que pueda trasladarse a su pueblo en la provincia de Toledo. Carlos, el mayordomo le entrega un paquete que parece una caja de zapatos.

En su casa Rami abre la caja y encuentra una foto de él con el marqués en el Retiro y una mano de Fátima con una piedra azul en el ojo, que Rami en una de sus visitas a la casa del anciano, había comentado que tenía una igual en su casa de Damasco. Rami cuelga la mano de Fátima en el salón de su casa y reza por el alma de Federico.

Pasados los años, Rami a sus 45 años ya llevaba casi dos décadas viviendo en Damasco, visita Madrid con su mujer Nassma y sus dos hijos Casim y Anan. Una mañana soleada visitan el Retiro y les lleva al banco donde le ocurrió toda la historia que de siempre les narraba. Se sienta en el banco y saca su cuaderno de entonces estudiar español y lee a su familia la última frase que escribió en el cuaderno: “La vejez y la muerte es un suceso natural, pero el olvido no debe serlo”.    

El relato es una ficción, cualquier parecido con la realidad es una mera coincidencia.

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