¿Qué tiene esta tierra para que aúllen los escombros?
¿Qué arrebato es éste que la razón de los cobardes no entiende?
¿Qué poder tiene esta nostalgia para ser más fuerte que el miedo?
Atar y desatar, enterrar y desenterrar,
este es un pueblo elegido para sufrir y derramar sangre,
un monumento que clama a la conciencia por el fin de una era.
Andar y desandar las huellas luminosas
de los que pasaron, de los que no volverán.
Abrazos, sonrisas, llantos, historias, tantas, tantas,
un reguero de pasos clamando justicia y verdad.
Retornar,
para abrazar edificios torturados
y decirles que hemos vuelto a tiempo:
“Vuestros hijos están aquí”-
Sentir al abuelo adormilado en el sofá, a la abuela zurciendo,
recorrer los rincones felices de la infancia,
recuperar fragancias hogareñas,
cerrar los ojos y volver.
“Estamos aquí, a tiempo como siempre,
muertos o vivos, pero estamos aquí”.
En estas ruinas resuenan miles de palabras de puro amor.
En estos despojos palpita un corazón más fuerte que el odio.
Retornamos,
aunque reventemos por dentro,
tenemos que airear estos despojos de su reciente dolor
para respirar nuevamente,
exorcizar los espíritus caníbales
para crear una familia,
y volver a la tierra-madre, a la tierra-raíces, a la tierra-horizonte
que siempre está ahí, que cree en nosotros.
Retornar una y otra vez a casa, a nuestra casa,
hecha de luz y viento, ternura y coraje,
vivos, muertos, en sombras o en sueños,
pero volvemos a casa,
hay que mantener los nombres presentes,
iluminar su memoria.
Las entrañas de esta tierra son más poderosas que el infierno.
Este fuego nunca se apagará.

Autor:
Armando Lozano Hernández Militante por la paz
Estudió en Universitat Autònoma de Barcelona
Director de Espacio Ronda en Madrid
