Elijan su bando


Elijan su bando: El New York Times o el judaísmo – Edward Alexander – Algemeiner

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“¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos opiniones?” – 1 Reyes 18:21

Muy a menudo los judíos estadounidenses pueden ser divididos entre los que juzgan al judaísmo por los principios del New York Times y los que juzgan al New York Times por los principios del judaísmo. El primer grupo estaba eufórico por el reciente artículo del profesor Joseph Levine titulado “Cuestionando el Estado judío” (NY Times del 9 de marzo), en el cual abogaba por la expulsión del Israel actual de la familia de las naciones. Por el contrario, ese segundo grupo de judíos estadounidenses se mostraba consternado y con náuseas, y ratificado en su opinión de que esperar algún tipo de decencia de ese tipo de académicos judíos “progresistas” es como tratar de entrar en calor a la luz de la luna. El primero grupo está compuesto en gran parte por lo que Gershom Scholem denominaba “judíos ingeniosos“, esos cuyo mayor temor en este mundo (y tal vez también en el próximo) es ser catalogados de “reaccionarios“, de ahí la insistencia de Levine de que no podía ser etiquetado de antisemita solamente por escoger únicamente a Israel, de entre todas las naciones del mundo, como país merecedor de una disolución.

Esto último me llevaba a pensar que la verdadera cuestión es si Levine puede ser definido como una nulidad moral porque se ha convertido en un instigador de ese genocidio deseado y soñado (y ya inspirado por acciones criminales) por Ahmadinejad, Hezbollah, Erdogan, Hamas y otros numerosos escatologistas “islamistas“. (He oído de parte de algunos miembros con bastante mal genio de este segundo grupo de judíos estadounidenses afirmar que esperan con interés un debate en el New York Times sobre si el mismo Levine tiene algún “derecho inalienable de existir“).

Los judíos estadounidenses que juzgan al New York Times según las normas del judaísmo creen que la creación del Estado de Israel fue uno de los pocos eventos redentores de un siglo repleto de sangre y de vergüenza, una de las más grandes afirmaciones de la voluntad de vivir jamás realizada por un pueblo mártir, y el signo más esperanzador para la humanidad desde que la paloma volvió con una rama de olivo al arca de Noé. Ellos también tienden a aferrarse a la opinión de Orwell de que algunas ideas – como esa de la virtud intrínseca de la ausencia de un poder judío – son tan estúpidas que sólo los intelectuales pueden creer en ellas.

Aquellos judíos estadounidenses que juzgan al judaísmo según las normas del New York Times, se suelen jactar de no haber “bailado en las calles cuando Ben-Gurión declaró que los judíos, como los otros pueblos, tenían un estado propio“. Ellos creen (tal como hoy también piensa la mayoría de los alemanes) que Israel es el principal obstáculo para la paz mundial, y que resulta una distracción engorrosa de unos objetivos tan convincentes como el matrimonio gay y el acceso ilimitado al aborto, y sin duda la causa principal de la mayoría de los males del mundo, con la excepción (quizás) del calentamiento global.

La polémico desatada por el profesor Levine se basa en fuentes antiguas y modernas. Se remonta, aunque de una manera torpe por alguien que “descomprime” en lugar de “articular” ideas, a los documentos más antiguos conocidos, a ese documento no judío que mencionaba a Israel por su nombre. Se encuentra en un monumento del 1.215 a. C. (que posee el Museo Británico), en el que el rey Merneptah, el precursor egipcio del cosaco Chmielnicki, del nazi Hitler y de los musulmanes Nasser y Ahmadinejad, declaraba que “Israel ha sido aniquilado, su semilla ya no existe más“.

Levine, por supuesto, es un filósofo y no – al menos públicamente – un agitador político y propagandístico, aunque se identifica a sí mismo (¿lo habían adivinado?) como un hombre de izquierdas. Hasta cierto punto, Levine tiene unos respetables predecesores entre sus colegas los filósofos. En 1932, por ejemplo, Julien Benda, un filósofo (y novelista) francés se refirió a la “nación europea” de la siguiente manera: “Los intelectuales de todos los países deben ser los que digan a sus naciones lo que siempre hacen mal por el solo hecho de ser naciones… Plotino se sonrojó por tener un cuerpo. Ustedes deben avergonzarse de tener una nación“. Pero mientras Benda llamaba a los filósofos de todas las naciones a ruborizarse, Levine cree que ese rubor sólo es extensible a los judíos por la nación judía. A pesar de las imperfecciones que imputa a Israel por hacerse llamar a sí mismo “judío” entre las decenas de miembros de las Naciones Unidas, solamente exige la disolución de la nación judía frente a las veintidós naciones que se declaran musulmanas, y el número aún mayor que se declaran cristianas. Al igual que todos los que defienden la disolución de Israel – los que abogan por una solución de un único Estado, los que defienden una solución no estatal y los que abogan una “solución final” (esto por su falta de oído según George Steiner), Leviene insiste en que Israel no puede ser a la vez judío y democrático.

Tal vez el New York Times le invite dentro de poco a echar un vistazo filosófico a un país llamado Reino Unido, con la reputación de ser muy democrático, y sin embargo posesión oficial de una Iglesia protestante, con una reina protestante, un sistema educativo protestante (y todo esto en un país una vez católico).

Levine también se ha unido, sin darse cuenta, a lo que Raul Hilberg llamó la última versión de esa sentencia que definía las políticas contra los judíos desarrolladas en Europa durante siglos. “Los misioneros de la Cristiandad“, escribía Hilberg, “les dijeron a los judíos: No tenéis derecho a vivir entre nosotros como judíos. Los gobernantes seculares que les siguieron proclamaron a su vez: No tenéis derecho a vivir entre nosotros. Finalmente, los nazis alemanes decretaron: judíos, no tenéis derecho a vivir“. Levine admite un ligero malestar ante la semejanza de su desafío al “derecho a existir de Israel” y el “desafío de los nazis al derechos a vivir de los judíos“, pero su confianza ante su propia infalibilidad le lleva a pasar rápidamente a través de ese abismo, como si se tratara de una coincidencia desafortunada entre la dicción y el fraseo. De hecho, por supuesto, lo hace cómplice de lo que Hannah Arendt definió con éxito como un crimen de lesa humanidad, “un ataque a la diversidad humana como tal”, es decir, a una de las características de la condición humana, sin la cual y en sus mismas palabras, “la humanidad carecería de sentido“.

El colega de Hannah Arendt (y crítico) Saul Bellow, expuso el asunto más concisamente en su “A Jerusalén y de regreso” (1976): “El tema de todo este discurso es, en última instancia, la supervivencia, la supervivencia de una sociedad decente, creada en Israel en unas pocas décadas… Los judíos, porque son judíos, nunca han sido capaces de tomar el derecho a vivir como un derecho natural“.

 

fuente: José Antonio

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