Los desnudos y los muertos


Los desnudos y

los muertos

Artículo enviado por el autor a TunSol

Franja de Gaza:

Carlos Tobal

image Escritor argentino, abogado del equipo de Lesa Humanidad de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos. Miembro de la Asociación Americana de Juristas. Novelista: “Morir en París”.

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“Paseaba por un sendero con dos amigos – el sol se puso – de repente el cielo se tiñó de rojo sangre, me detuve y me apoyé en una valla muerto de cansancio -sangre y lenguas de fuego acechaban sobre el azul oscuro del fiordo y de la ciudad- mis amigos continuaron y yo me quedé quieto, temblando de ansiedad, sentí un grito infinito que atravesaba la naturaleza”. Evard Munch

 

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I. La mano vacía de la impropia muerte

Si ocurriera en Oslo, Noruega, recordaríamos a “El Grito” de Munch, sería un hito de la cultura. También hoy es una de las formas posibles del dolor universal. El vaticinio del desgarro del joven padre de la recién muertita de la foto que vemos.

La descripción del diario íntimo del pintor, transcripta más arriba, puede, perfectamente, ser trasladada al día del ataque israelí en la vivencia de cualquiera de los habitantes en el pueblo atacado. Sin embargo, hay una diferencia esencial entre la manera de sufrir el terror del personaje de Munch y del grito del padre palestino. Ambos se encuentran con la misma repentina naturaleza de las cosas.

El padre palestino aún espera. Le muestra al cielo su hija lívida, grita terriblemente su dolor y alza la mano abierta rogando, casi con la seguridad que dios le devolverá lo que injustamente le quitó. Con la diferencia de minutos, entre plazo y condición; lo que se conoce como el antes y el después. El árabe de hoy tiene aquella misma confianza en virtud de la cual, la Antigua Biblia, en el instante final, salvó del sacrificio a Isaac, el hijo de Abraham.

“El Grito” (europeo) de Munch, es expresivo de la cultura vigente. Por lo tanto, es un canon para constatar el daño que sufrió la humanidad con la supresión de los valores cuyo contenido representa. Así, la visión de la pintura indica que, ya en 1893 (fecha de su culminación artística), la posición de las manos en el retrato mostraba que, frente al abrupto terror, el protagonista había perdido la capacidad de esperanza y, por lo tanto, su aspecto humano estaba retrasándose a humanoide.

Sin que el dato implique atenuar la función cómplice de la religión con el sistema, esa esperanza, que los europeos habían perdido ya en 1893, la humanidad la conservó -como el aire de una cueva luego del derrumbe- en un hueco del corazón del padre que ahora está extendiendo el reclamo desde su infructuosa mano vacía.

No es una guerra, tampoco un mero exterminio. El blanco principal de los ataques son los chicos. No es, como suele decirse, el efecto no deseado.

La patraña del “escudo humano” que pretende justificar la masacre de la población de Gaza, con el pretexto de que las familias esconden en su seno a los supuestos terroristas, es irrisoria y, en todo caso, no habilita la destrucción masiva de las familias y de sus casas.

La actitud dominante en Israel, remite a la indolencia del pueblo alemán durante la vigencia del nacional socialismo (Lo digo como judío). Con la salvedad que la oposición al genocidio, en curso, estaría  siendo menos dificultosa en el Israel de hoy que en la Alemania nazi. Los descendientes de las víctimas del Holocausto están transfiriendo al mundo, y de la peor manera, la desazón, la indolencia, que habilitó, en su momento, la existencia de Auschwitz. Esos daños a los valores humanos (que incluyen “cierta” tolerancia ante la matanza que se está cometiendo ante sus ojos y en su nombre), son, entre otras cosas, los que convierten a los crímenes del Estado de Israel en delitos de Lesa Humanidad.

II. ¿Por qué el sionismo no puede ser  judío?

La literatura de resistencia integrada especialmente por artistas judíos, se generó a partir de la interpretación de los sufrimientos populares en las distintas guerras. El protagonista solía ser alguien que posee (o es poseído por) las claves de la noche, del triunfo o la derrota. Hallándose abruptamente en el umbral de la vida a punto de ser destruido, pide, anhela, alguna supervivencia mínima que le permita transmitir su obra inconclusa, morir dignamente. Pensemos en los resistentes de Stalingrado que, desde su escuálida condición, volcaron la suerte de la segunda guerra.

“El Milagro Secreto”, Borges lo sitúa en Praga durante la invasión alemana. Se trata de un oscuro escritor en cuya sangre y obra, los oficiales nazis detectan algún origen judío. En el instante de su fusilamiento que por milagro se paraliza, la cultura por medio del relato va a instituir, ahí, la posibilidad de la absurda esperanza: el lugar mental a partir del cual la historia podrá comenzar a ser escrita por los derrotados. Ello, porque alguien hizo caber todo el año que el prisionero pedía en el instante previo a su muerte. La crueldad de Dios se lo había otorgado al escritor, era lo imprescindible al efecto: pero ni una gota de tiempo por demás.

Ellos anticiparon la novelesca de lo que luego fueron las dictaduras. Pasando por el excomulgado Spinoza, el poeta Heinrich Heine, su amigo Marx, el narrador Isaac Bashevis Singer, Bertolt Brecht, el cuentista ruso Isaac Babel, el historiador francés Marc Bloch comandante maquí fusilado por los nazis que escribió su mejor obra al pie del cadalso, Paul Celan, Kafka, Walter Benjamin, pensador judío, por excelencia, un marginal.

De una u otra forma, integraron la lógica de resistencia a una visión del mundo de la vida cuyo desciframiento es inconciliable con lo que es, hace y mata el Estado de Israel. Tomaban la parte por el todo,  relacionaron indicios y fragmentos de la realidad, componían (como si fuera posible) conceptos narrativos a partir de los semblantes, la fisiognómica, el rostro de los valores, hasta llegar a las causas banales o no, de la violencia, la explotación y el Terrorismo de Estado.

Hay un libro, ya clásico, del siglo XX: La Orquesta Roja. Es el relato de un Jefe del espionaje soviético durante la II guerra mundial, cuyo equipo (hasta que fue capturado) causó grandes bajas a los nazis. Transmitía los informes dentro de la música radial. Su música era bella y llevaba escondida las claves de la resistencia. El libro es una especie de autobiografía en tercera persona rememorada desde la mazmorra y el suplicio. La transacción inverosímil del prisionero con quienes habrían de ser sus verdugos. Las cosas que logró en los intersticios de la tortura. De cómo la dosificación entre confesión, secreto (que aún habrá de guardar) y la reversibilidad de las claves le permitieron seguir influyendo sobre los términos de la lucha, actuando a través de la acción, omisión y trampas en que hizo caer a sus captores.

De todos modos, cuando la guerra terminó, él seguirá vivo. Stalin no le creyó, hasta establecer su inocencia lo tuvo preso por diez años, no lo mató.

Su nombre de combate fue Leopold Trepper. En su otra vida, era Lejb Domb, un mero judío polaco. Cuando finalmente volvió a Polonia, presidió la Asociación Cultural Judía. El Almirante Canaris, jefe de los servicios secretos militares alemanes, exageró o mintió cuando de él dijo: “Su actuación costó más de 300.000 muertos a Alemania”. “Ganó prácticamente él solo la guerra”.

Era internacionalista, lógicamente imposible que fuera sionista.

IV. El mapa temporal de la tragedia

En el caso de la masacre en curso sobre la Franja de Gaza, Robert Fisk, antiguo corresponsal inglés, describe la memoria del origen: fueron expulsados hacia Gaza los palestinos que, desde tiempos inmemoriales, vivían en una región de Palestina llamada Huj, rebautizada luego como Sederot.[1]

Nativos del lugar, no eran antijudíos ni antiisraelíes. Durante la guerra de 1948, refugiaron en sus casas a los judíos perseguidos. Finalizada esa parte de la guerra, los  obligaron a emigrar hacia Gaza. Ahora, restan unos cien mil que son intimados a dejar sus casas so pena de destrucción aérea. Los bombardeados son los que quedaron, sus hijos y nietos. Es simple, dice, el atacante, lo que quiere, son las tierras. El escritor va desatando la madeja hasta llegar al ubicuo escondite del bestial y verdadero Soberano. Los relatos convierten al infortunio en un naufragio con historiador[2] .

Componen El Mapa temporal de la Tragedia. Pareciera que la realidad, para ser tal, extrajera su inspiración de los dibujos animados de una historieta de terror. Pareciera, pero no. Al principio, lo esencial es invisible a los ojos. Luego, el desarrollo (como dice Walter Martínez) irá precisando el sitio del próximo genocidio. A medida que el imperio se debilita, la criminalización de la historia real se agudiza.

Así de concreto. El exterminio es un presupuesto material de la expansión vital de los intereses internacionales en pugna. Lo había dicho el Che en las Naciones Unidas cuando asesinaron a Lumumba, antecedente simbólico de Mandela. Por lógica, pueden deducirse las intenciones de los servicios secretos del sistema. Una manera de conjeturar la identidad del asesino, desbrozando los beneficios mortuorios del crimen de lesa humanidad.

V. Un plan criminal y grandioso

Las descripciones circulantes de los acontecimientos transmiten que la superioridad material del invasor, aunque abismal en armamentos y tecnología, no alcanzará más que para el dominio sobre lo inmediato.

El Estado de Israel tiene un problema muy similar al que aquejaba al nacionalsocialismo alemán: la búsqueda del espacio vital para la expansión de sus expectativas[3][1]. La Alemania de Hitler era un capitalismo radicalizado, la  dictadura terrorista del gran capital, el Estado y la industria armamentista.

Un elemento, común es la necesidad de institucionalizar, más bien de mantener organizada a la nación, a través de años que, en el caso de Israel, se computan bíblicamente. Y en función de ideas que su jerarquía pretende como judías: sólo con sustento religioso. Ninguneando la tradición cultural de los pensadores judíos de todos los tiempos, en el resto del planeta, eminentes, socialistas y antiimperialistas.

Israel querría armar un equivalente de lo que en Alemania se conocía como “Comunidad Organizada”, sobre un territorio propio; o apropiado, pero sin oposición radicalizada…viva.

Para eso se requiere mucho tiempo, pero la cantidad de habitantes judíos, en el futuro, no le alcanzará para garantizar su hegemonía étnica. El apartheid es funcional a la pureza de la raza. Se necesita para su éxito (piensan) que no tenga lugar la mezcla biológica inevitable de los semitas árabes con los semitas judíos, en el transcurso del siglo.

Es una debilidad estructural demográfica que pretenden paliar a largo plazo. Planifican a futuro, de ahí que necesitan “limpiar” urgentemente el territorio a conquistar, de niños “extranjeros”. Para pagar de una vez el costo político de los asesinatos, y edificar el Nuevo Futuro a partir del Olvido. Un plan criminalmente grandioso.

V. La locura a destiempo del genocidio inviable

La posición de Robert Fisk, que vive en el Líbano, su ironía inglesa, hace una diferencia. Él es un Hemingway de la política internacional. Más bien un Santiago, el cazador de tiburones de “El Viejo y el Mar”. Sin ser protagonista de los hechos que densamente describe, trastoca el lugar de los débiles en la visión de la política internacional. Al desanudar la madeja del poder, para mal o bien, siempre hay una proeza en el tejido de la trama. Tanto los hombres justos como los infames son capaces de sinceridad. Uno se los imagina en clave de Aguafuertes.

Revolviendo las profundidades, puede capturarse el meollo de la masacre, pensar en el mismo momento en que se están desarrollando los crímenes y los muertos van aumentando. Por desgracia, la verdad no frenará ni un ápice de la catástrofe. Llegarán palabras vanas, el esqueleto del tiburón muerto. El mar está repleto de otros tiburones, que van digiriendo para sí, según su conveniencia, los restos del enorme tiburón atado al pequeño bote del viejo pescador. Incluyendo en un destino de derrota, al honor del heroico y anciano cazador en su retorno a puerto con su presa.

Lo que todavía no está dicho es lo inviable, lo anacrónico, lo inactual de este genocidio. Enormidad del mal por nada. Si bien es cierto que los árabes viven el mundo a través de la visión del Corán, también se sabe que el genocidio en curso es la punta de un iceberg, el plan oculto para la fundación de un “nuevo país” por sobre los despojos de otro que están despedazando.

Los jerarcas israelíes viven, piensan, en clave del tiempo posterior a la segunda guerra mundial. Envalentonados por las bombas atómicas que atesoran y en el pasado auge del imperialismo yanqui. Todavía están arremangándose para participar del banquete de la caída del Muro de Berlín.

Sin embargo, el mundo ha vuelto a cambiar. Los EE.UU. viven una degradación socio económica cuyo fin no se vislumbra. El resurgimiento de Rusia y el poder creciente de China, los nuevos gobiernos de Latinoamérica, volvieron a revertir la correlación mundial de fuerzas. Los invasores están participando del trabajo sucio de  los norteamericanos para provecho de la industria armamentista y los monopolios petroleros.

Israel no tiene posibilidad de cobrar en el tiempo la impunidad institucional que les prometieron. Sólo están prendiendo el incendio imaginando una guerra de corto plazo y triunfo rápido. Hoy, es inviable organizar el dominio, extender una nación judía y racista en medio de los árabes, sobre los huesos de tantos hijos del país autóctono que asesinan. Menos, incluso, en nombre de la democracia y de la legítima defensa. Ellos, persisten. No son estadistas, son asesinos con arsenales repletos de armas de última generación y tanques de largos cañones. Reclutan soldados jóvenes y “a la moda”, de relucientes uniformes, aparentemente entusiastas, que invaden matando niños, mujeres sin armas y derrumban los hogares bajo las bombas.

Cuanto más se debilitan los imperios, mayor es el sesgo delincuencial de su accionar, un signo de los tiempos. 

 


[1] Publicado el 13-7-2014, en La Jornada, México, traducción de Jorge Anaya.

[2] Hans Blumenberg, “Naufragio, con espectador”. Ed. Visor, Madrid, 2008.

[3][1] Conf. Mestre Chust, Univ.Barcelona: el concepto suena nazi, pero es una mera justificación de conquista imperialista inventada en el siglo XIX, por el geógrafo alemán Friedrich Ratzel.

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