EL LEGADO HISPANO-ÁRABE


EL LEGADO HISPANO-ÁRABE

Antonio del Monte Cañadas          (Libro Festero, 2003)

La presencia de los musulmanes en España como sociedad organizada, fue casi de ocho siglos; pero su permanencia en la sociedad española con formas culturales propias se prolongó otro siglo más, hasta 1609 en que fueron expulsados por el rey Felipe III.

No ha habido acontecimiento tan prolongado, ni más determinante y decisivo en nuestra agitada historia que la invasión árabe.

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La península ibérica es la zona de Europa mediterránea donde tuvo lugar el encuentro más duradero e íntimo entre cristianismo e Islam. Al-Andalus, como llamaron los árabes a las tierras peninsulares conquistadas, fue el foco de irradiación cultural que mayor importancia ha tenido en el desarrollo no solo de la península, sino de toda Europa Occidental e incluso de las nuevas tierras que posteriormente se descubrieron.

La llegada del Islam a la península, con un número no superior a los 50.000 invasores de distintas etnias y casi prácticamente analfabetos, no supuso la desaparición de la cultura hispano-visigótica.

Numerosos nobles y clérigos se desplazaron hacia el norte temerosos de sufrir represalias de los recién llegados, pero otros muchos permanecieron en al-Andalus manteniendo sus costumbres y sus propiedades e introduciéndose, algunos de ellos, de forma importante en el tejido social de los vencedores. En la primera época la cultura visigótica continuó su desarrollo, si bien la lengua árabe, característica común de los invasores, fue extendiéndose entre los hispanos por necesidades administrativas.

Gran parte de la población hispana conservó la religión oficial visigótica, constituyendo un numeroso grupo, los mozárabes; que tenían la condición de protegidos (dimmies), gozando de una autonomía muy amplia, aunque gravada con mayores impuestos y su presencia fue importante en las grandes ciudades, viviendo en armonía con los musulmanes. Tenían un gobernador o conde (qümis) responsable de la comunidad, recaudadores especiales, magistrados propios que aplicaban el antiguo código gótico del Liber Judicum, y disponían de iglesias y conventos. La mezquita de Córdoba fue inicialmente una iglesia utilizada conjuntamente por musulmanes y cristianos, hasta que Abd al-Rahman I compró a estos su parte para iniciar su construcción.

Los matrimonios mixtos fueron frecuentes; preferentemente, debido al carácter patrilineal de la sociedad árabe, entre musulmanes e hispanas. El hijo de Muza, el conquistador de al-Andalus, se casó con la viuda del rey Rodrigo, y una nieta del rey visigodo Witiza, llamada en las crónicas Sara “la Goda”, se casó dos veces sucesivas con destacados personajes de la aristocracia árabe.

El papel de los mozárabes fue de gran importancia en el proceso de intercambio cultural. Muchos de sus dirigentes se arabizaron, tomando a menudo nombres árabes y adoptando en sus formas de vida los modelos de la aristocracia árabe creados en el Oriente. Su participación en la vida social, incluso política de los musulmanes fue muy activa y cada vez más intensa, aumentando el número de los que se convertían al islamismo. Algunos textos religiosos cristianos, como los Salmos, se tradujeron al árabe.

El cordobés Alvaro en el siglo IX se lamentaba: “…Los cristianos han olvidado hasta su lengua religiosa, y entre mil de nosotros difícilmente encontraréis uno solo que sepa escribir medianamente una epístola en latín a un amigo. Pero si se tratase de escribir en árabe, encontraréis gran cantidad de personas que se expresan fácilmente en esta lengua con gran elegancia y los veréis componer poemas preferibles, bajo el punto de vista artístico, a los de los mismos árabes…”

A partir del siglo IX, el número de conversos al Islam aumentaron considerablemente. Puesto que no existía la conversión forzosa, los cristianos que se convirtieron, los muladíes, lo hicieron por diversos motivos. Es fácil suponer como bastante probable que las ventajas materiales y sociales de la nueva posición ofrecía, fuera uno de los más determinantes.

Durante los años 850 a 859, estas crecientes conversiones originaron un episodio de confrontación religiosa muy crítico. Algunas personalidades religiosas alarmadas ante la creciente pérdida de identidad reaccionaron de forma violenta, provocando un movimiento de martirios voluntarios. La solución era muy difícil; las autoridades islámicas convocaron a los obispos a un concilio en el año 852 para poner fin a aquella situación, agravada además por disensiones entre los mismos cristianos, pero fue un fracaso.

A partir del siglo X, la sociedad de al-Andalus, sobre todo la urbana, era mayoritariamente musulmana, llegando el proceso de islamización su punto más alto. La mayoría de la población de al-Andalus, constituida por muladíes y mozárabes, hablaba romance, si bien con una progresiva introducción de palabras árabes, que quedaba como lengua de los grupos política y culturalmente dominantes quienes a su vez hablaban romance.

Es en esta época, en el califato de Córdoba, cuando el desarrollo hispano-árabe alcanza cotas sobresalientes, resultado del continuo proceso de asimilación de los modelos culturales provenientes de Oriente, adquiridos gracias a los intercambios de todo tipo iniciados por Abd al-Rahman I en la segunda mitad del siglo VIII que abrieron al-Andalus a todo el conocimiento de egipcios, sumerios, akadios, fenicios, hebreos, así como de Grecia, Persia, India, China y de Bizancio, recogido y desarrollado por los árabes de Oriente.

Los árabes introdujeron el sistema de numeración de posición; hicieron del álgebra una ciencia exacta y sentaron las bases de la geometría analítica. Construyeron planetarios, determinando los eclipses de Sol y de Luna. La astrología se afianzó sólidamente en las cortes islámicas, llevando los astrólogos un uniforme propio como distintivo de su rango.

Los amplios conocimientos agronómicos llevan a experimentos tales como la aclimatación de distintas especies en jardines botánicos y la polinización artificial. Todo el saber en este campo se recoge en una obra que ocho siglos más tarde, el conde Campomanes mandó traducir para la formación de los agricultores de su época.

La práctica de la medicina era, así mismo, muy considerada y partiendo de los conocimientos griegos, se hicieron importantes descubrimientos como la diferencia entre viruela y sarampión y la circulación sanguínea. Se conocía el absceso de pericardio, la traqueotomía, diversas técnicas quirúrgicas, así como el tratamiento de fracturas.

En cuanto a la expresión artística, el Islam alcanzó una gran belleza y sensibilidad que, en la arquitectura y artes menores, podemos observar en las obras que han llegado hasta nosotros. La música, a pesar de que la primitiva tradición coránica la censuraba, formó parte de los pasatiempos de todas las clases sociales, rivalizando los gobernantes por contar con los mejores músicos, cantores y bailarinas: en Córdoba se creó un conservatorio musical con un plan de estudios en tres grados, y Úbeda fue famosa por sus lugares de diversión y sus bailarinas diestras en danzas con sables.

En literatura, el influjo de las formas líricas árabes, moaxajas y zéjeles, en las composiciones hispanas es indudable, como en El libro de buen amor del Arcipreste de Hita y las Cantigas de Alfonso X. La influencia de la prosa también es evidente, encontrando trazos de los temas y rasgos estructurales árabes en El Conde Lucanor de Don Juan Ma­nuel, el Decamerón de Boccaccio y La Divina Comedia de Dante, entre otras.

Se introduce el juego de ajedrez y el juego del polo, también el de cartas o naipes (del árabe na’i).

Aparecen nuevos productos e industrias, tales como el azúcar de caña, sustituyendo al hidromiel utilizado entonces; el gusano de seda y su cultivo; el desarrollo del algodón y el papel, procedimientos para tallar el cristal de roca; la molienda con molinos de viento; métodos de enfriamiento como el botijo y los sorbetes (del árabe sarab o del persa suripu) a los que los médicos atribuían propiedades curativas.

En fin, una cultivada cultura que abarcó cual­quier rincón del conocimiento humano y que sobrepasó las cambiantes fronteras cristiano-árabes, llegando al Occidente europeo, donde la civilización árabe fue objeto de admiración y estudio. La poetisa germana Hroswitha del siglo X llamaba a Córdoba “ornato del mundo” y Juan de Gorz, embajador del emperador Otón I, refiere en sus memorias el asombro que sintió ante la sociedad hispano-árabe aún ya conociendo lo refinada que era.

Los reyes hispano-cristianos no fueron ajenos a este proceso de acercamiento a las costumbres de sus vecinos. La sociedad urbana y artesanal de al-Andalus era la referencia para la nobleza de los reinos cristianos inicialmente muy rural izados. Ambos bloques, al margen de sus enfrentamientos militares, mantuvieron relaciones comerciales, con intercambio de productos acabados islámicos por materias primas cristianas, favoreciendo la transferencia cultural.

Sancho II de Castilla vestía a la manera musulmana; el séquito de Alfonso VI parecía una corte islámica, “sabios y literatos muslimes andaban al lado del rey, la moneda se acuñaba en tipos semejantes a los árabes, los cristianos vestían a mora,…” y Pedro I de Aragón firmaba sus documentos en árabe

En definitiva, la civilización hispanoárabe supuso un puente de gran importancia por el que llegó a nuestros días gran parte del conocimiento griego. Solo con fijarnos en nuestro actual idioma, vemos como permanecen en él cerca de unos cuatro mil arabismos que nos permiten vislumbrar el gran bagaje de nuevas ideas y conocimientos que aportaron los árabes a nuestra cultura.

El proceso fue similar al que tiene lugar hoy día, cuando en nuestro lenguaje, muy a nuestro pesar pero sin remedio y de forma imparable, aparecen términos ajenos para denominar innovaciones técnicas, científicas y culturales originadas fuera de nuestro entorno.

Un pequeño paseo, a todas luces incompleto, por las familias semánticas de los arabismos puede proporcionar una interesante perspectiva de los ámbitos donde la cultura árabe fue dejando su sedimento.

Si examinamos la terminología militar, encontramos numerosos vocablos de origen árabe. Un oficial se llama alférez, en árabe al-faris; el soldado a caballo, el jinete, viene de zeneti; el centinela es el atalaya del árabe at-tala’i’; la retaguardia, la zaga de saqa; el responsable de la fortaleza, el alcaide de al-qa’id; la revista militar, el desfile, el alarde, es en árabe al-‘ard; el guía, el adalid, es ad-dalil; la expedición de castigo, la aceifa, de as-sa’ita, ….

En el vocabulario civil: el corregidor municipal, el alcalde viene del árabe al-qadi; antiguamente, el gobernador de una ciudad o, actualmente, un oficial inferior de la administración, el alguacil, es al-wazir; el oficial recaudador de las rentas reales, el almojarife, es al-musrif; el encargado de cumplir el contenido del testamento, el albacea, viene de al-wasiyya el término de una población, el alfoz, es al-hawz; el sitio extremo de una población, el arrabal, es ar-rabad; cada parte de una ciudad, el barrio, es barri; el antiguo magistrado con poder civil y militar, el zalmedina, es sahib al-madina,…

En el léxico químico están alambique (al-inbiq); carbonato de plomo o albayalde (al-bayad); hidróxido metálico o álcali (al-qali); alcanfor (al-kafur); alcohol (al-kuhl); óxido de hierro o almagre (al-magra); alquimia (al-kimya’ ); alquitrán (al-qitran); caño o vaso de condensación, aludel (al-‘utal); sedimento de sal bórica y sosa en playas y lagos, el bórax (bawraq); mineral de arsénico y azufre o rejalgar (rahy al-gar); talco (talq)…

En la construcción: el maestro de obras, el alarife, de al-‘arif; albañil, del árabe al-banná; el ladrillo de barro, el adobe, de at-tub; alcoba; alféizar; alicatar; azotea; azulejo; tabique; zaguán…

Entre los términos botánicos hay muchos arabismos, tomados muchos de ellos, a su vez, del persa: el olivo silvestre o acebuche; aceituna; acelga; el níspero o acerola; albaricoque; albérchigo; alcachofa; alfalfa; el pistacho o alfóncigo; algarroba; algodón; almez; altramuz; alubia; amapola; arroz; azafrán; bellota; jazmín; limón; naranja; retama; sandía; zanahoria

Los árabes fueron expertos en ingenios hidráulicos y sus huellas han quedado en nuestro idioma: acequia; molino de agua o aceña; alberca; albufera; alcantarilla; aljibe; caño o arcaduz; presa o azud; noria

Las matemáticas y la astronomía se convirtieron desde el siglo VIII en auténticas ciencias y ahí tenemos términos como acimut; álgebra; algoritmo; almanaque; auge; cénit; cero; cifra; guarismo; nadir

En música: guitarra (qitara); laúd (‘ud); rabel (rabab); tambor (tambur)…

Formas comerciales como aduana; albarán; alcancía; lugar para depósito y venta del grano o alhóndiga; almacén; oficial recaudador de rentas reales o almojarife; almoneda; medida de superficie en que cabe media fanega de siembra o almud; arancel; arroba; azumbre; cahíz; celemín; fanega; quilate; quintal; parte de la molienda que correspondía al molinero o maquila; tarifa...

En definitiva un legado amplio y extenso que nos muestra como, con palabras de Claudio Sánchez Albornoz, en la España islamizada, “siglos antes de que el Renacimiento hiciese brotar de nuevo las fuentes semiexhaustas de la cultura clásica, fluía en Córdoba y corría hacia el resto de Europa el río caudal de la más rica civilización que conociera el Occidente durante la Edad Media, de la civilización que supo conservar las esencias de la vida pretérita del viejo mundo y transmitirlas transformadas al nuevo mundo”.

Bibliografía:

E. Lévi-Provençal. La civilización árabe en España. Espasa Calpe. Madrid, 1982.

Manuela Marín. Al-Andalus y los andalusíes. Icaria. Barcelona, 2000.

Juan Vernet. Lo que Europa debe al Islam de España. El Acantilado. Barcelona, 1999.

Anwar G. Chejne. Historia de la España musulmana. Cátedra. Madrid, 1993.

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