Reflexión sobre: El romanticismo vs. El posmodernismo narcisista.
Por: Abdo Tounsi
El romanticismo y el posmodernismo narcisista.
A primera vista, parece que el posmodernismo, reforzado por un narcisismo que hoy conquista con toda desfachatez los espacios del poder político y económico, está ganando la batalla al romanticismo. Tal vez sea así en la superficie, allí donde el espectáculo, la apariencia y la exaltación del YO parecen convertidos en norma. Pero toda teatralización, por mucho que se exhiba y se repita, sigue siendo una representación. Nunca podrá sustituir por completo a lo real, los corazones no se rinden, porque su llama es la existencia misma del ser humano.
Mi reflexión: La brecha entre el espectáculo posmoderno y la verdad última del corazón humano toca la fibra de lo que define nuestra condición.
El posmodernismo narcisista, apoyado en la sobreexposición, la estética de la superficie, el hiperindividualismo y la mercantilización del ego (ejemplo: los anuncios comerciales), busca precisamente eso: teatralizar la existencia. Transforma los afectos en apariencia, las ideas en eslóganes breves y la política en una escenografía donde prima la imagen sobre el fondo. Da la impresión de haber conquistado la realidad porque ocupa los espacios de mayor visibilidad y poder.
Sin embargo, la representación constante no equivale a la verdad:
El imperio de la apariencia comparado con la raíz del ser: El posmoderno narcisista necesita una audiencia constante para sostenerse, pero es hueco por dentro. Vive del aplauso instantáneo y del consumo rápido de emociones.
El fuego romántico: El espíritu romántico no es una simple etapa literaria; es la afirmación de la interioridad, el asombro, el misterio, la búsqueda de sentido y la capacidad inagotable de amar, sufrir y trascender. Eso no se puede fabricar con un algoritmo ni con una puesta en escena.
Por mucho que el escenario esté saturado de máscaras y focos deslumbrantes, en cuanto se apaga la luz, la teatralización se revela como lo que es: un artificio pasajero. El deseo innegociable de conectar de verdad, de encontrar un propósito que vaya más allá de uno mismo y de sentir con autenticidad; es la textura misma de la vida humana.
